Yo por ellas, ellas por mí

En pocos países es tan evidente la discriminación y la violencia contra la mujer como en la India. Y no hace falta ahondar demasiado para comprobarlo, solo es necesario pasear. Se palpa en cada calle, en casa esquina, en cada pueblo, en cada ciudad. Las mujeres no están, no existen, no hablan, no participan de los espacios públicos en la India. En los templos, los espacios para hombre y mujeres están separados. Y en los cajeros automáticos de los bancos. Hordas de hombres campan a sus anchas por las calles y las ocupan. Toman té, escupen, orinan, gritan, miran de forma retadora y agresiva, escudriñan descaradamente y recorren de arriba abajo el cuerpo de las mujeres. Jamás se apartan para ceder el paso a una mujer. Las ignoran en las conversaciones. Las empujan en las estaciones de tren. Eso, a las mujeres indias. A las mujeres extranjeras, nos consideran directamente putas.

Eso es lo que se percibe, lo que yo percibí durante mi estancia. Pero para saber realmente las condiciones terribles y exactas que sufren las mujeres en la India, os animo a visitar la página de la Fundación Vicente Ferrer, que lleva décadas denunciándola. https://www.fundacionvicenteferrer.org/es/que-hacemos/mujer/mujer-desigualdades-de-genero-en-la-india

Cuando comento esto con amigos y conocidos, suelen sorprenderse. No tenían esa impresión. Quizás porque la mística y el exotismo que rodea a ese inmenso y maravilloso país se impone sobre el resto de los relatos. Los viajeros que regresan de la India a menudo hablan de la energía que desprenden sus calles, los vivos colores, la rica comida, las infinitas especias, las maravillosas telas, sus fascinantes templos y dioses, las esplendorosas joyas. Y todo eso es cierto. Pero también hay que señalar que a menudo, este tipo de viajeros sólo ven la parte que quieren ver y cuentan lo que quieren contar.

No te contarán que esa foto que colgaron en Instagram y en la que se pavonean estúpidamente haciéndose los modernos junto a dos mujeres ataviadas con bellas ropas en Pushkar, la consiguieron a cambio de un cartón de leche para sus hijos. No te contarán que apenas salen de los hoteles. Refugiados en pequeños oasis occidentales, parten temprano en autobuses para visitar lugares turísticos ya concertados de antemano y raras veces pisan la calle. Y si lo hacen, no saldrán del circuito recomendado. No te contarán que han sufrido ataques de pánico. O que sus muestras de conmiseración impostada y su falta de empatía dan vergüenza ajena. No te contarán que han hecho todo lo posible para no ver la suciedad, la miseria, la enfermedad, el caos, el ruido, la acumulación de escenas y situaciones humanas tan incomprensibles para un occidental, que son difíciles de describir.

Porque la India fascina. Pero también puede llegar a abrumar.

Hay muchas Indias, por supuesto. Y muchas realidades. No es lo mismo la India multimillonaria y exitosa de clase alta que maneja los negocios de Bombay que la India olvidada de los suburbios de Jaipur. No es lo mismo la India rural del Rajastán que la India turística de los Himalayas. No es lo mismo la India feudal de Utthar Pradesh que la India amigable de Kerala, el primer lugar del mundo en el que el Partido Comunista ganó unas elecciones allá por 1957  y que en la actualidad es el estado más alfabetizado del país, un 90%.

Pero aún con todos los matices, la situación de la mujer es precaria. Las desigualdades económicas, impuestas por un sistema feroz, se ceban lógicamente sobre las más pobres entre las pobres, que viven prácticamente en la esclavitud. Pero las chicas jóvenes con estudios universitarios que han abandonado el vistoso shari y se visten a la moda occidental en el centro de Nueva Delhi, tampoco escapan a la descarada agresividad de las miradas de los hombres, a sus exabruptos o a cosas peores, como las violaciones en grupo.

Los medios de comunicación no ayudan. La India es el país del mundo con una mayor producción audiovisual. Pero con excepciones, está volcada a seguir perpetuando el machismo más arcaico. Los culebrones insisten en los estereotipos de género y clase. Los videoclips musicales en los que manadas de hombres cantando y bailando acosan a una única mujer para demostrar su “amor”, se repiten machaconamente. Existe incluso un reality show de gran éxito sobre matrimonios concertados.

Las mujeres, sobre todo las pobres, siguen siendo consideradas una carga. Se dispone de ellas en todos los ámbitos a conveniencia. Son despreciadas e ignoradas en el trabajo. La mayoría sólo ocupan y toman el control -si las dejan- básicamente en el espacio privado. Y se agrupan y apoyan entre ellas, tejen redes y crean pequeñas cooperativas o inventan iniciativas en común que les permitan vivir de forma más digna y mejor en un país donde, a pesar de que las leyes proclaman la igualdad, las religiones, las tradiciones y los usos sociales siguen tan arraigados que apenas las dejan respirar.

Pero también hay mujeres poderosas en la política y en otros ámbitos sociales, como la imprescindible filósofa, escritora y activista ecofeminista Vandana Shiva, por poner solo un ejemplo conocido. Mujeres hartas, con conciencia de la realidad que alzan la voz ante tanta injusticia y violencia. Mujeres que por supuesto, son demonizadas y atacadas. Mujeres que conforman colectivos que aún son minoritarios, pero que se van ampliando a base de fuerza y determinación.

Por esas mujeres. Por las que se atreven a protestar. Por las que no pueden. Por las que lo harán en el futuro. Por las que nunca lo harán. Por las violadas, las ignoradas, las golpeadas, las asesinadas, las humilladas, las quemadas vivas. Por las casadas a la fuerza. Por las golpeadas por sus ideas. Por las explotadas. Por las mendigas. Por las que luchan y por las que no pueden luchar. Por las que establecen lazos con otras mujeres de cualquier lugar del mundo. Por las de la India. Por las de España. Por las de mi pueblo.

Para gritar por ellas. Para inspirar a otras. Para inspirarnos juntas. Para que sepan que no están solas.

Por eso salimos y protestamos el 8 de marzo las que pudimos salir y protestar.

Se llama sororidad.

Yo por ellas, ellas por mí.

2 comentarios sobre “Yo por ellas, ellas por mí

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