La tumba de Oscar Wilde

Uno de los rincones más especiales de los miles que ofrece París es sin duda el Cementerio de Père Lachaise, uno de los más visitados del mundo. A lo largo del tiempo, este inmenso parque de 43 hectáreas por el que los parisinos pasean sin prisa, ha ido acogiendo los restos de personajes ilustres en todos los ámbitos de la creación humana. Pintores, escritores y músicos comparten camposanto y eternidad en un recinto cuidado y que da cuenta de cuan interesante y rica puede llegar a ser la creativa vida de otros para los que llegamos después.

Bizet, Colette, Moliere, Proust, Modigliani, Eluard y Chopin conviven en la muerte -si eso es posible- con Yves Montand, Isadora Duncan, Edith Piaf o el mismísimo Jim Morrison, rodeado siempre de cartas de amantes del rock.

Una de las tumbas más visitadas e impresionantes es la de Oscar Wilde. La sencilla y gran lápida con su nombre tallado se ha convertido con el paso del tiempo en un muro que rebosa amor. Los visitantes expresan su cariño por el inmortal escritor con pintadas apasionadas y cientos de besos marcados con labios tiernos.

La historia del gran autor dublinés es bien conocida: su carácter excéntrico, su personalidad brillante y su agudo talento le convirtieron en uno de los personajes más destacados de la sociedad europea de finales del siglo XIX.  Sus obras, poemas, novelas y piezas teatrales fueron un inmenso éxito cuando se estrenaron en su momento. Y siguen siéndolo más de un siglo después. El retrato de Dorian Grey (1896), La importancia de llamarse Ernesto (1895) o Una mujer sin importancia (1895), por mencionar algunas, siguen siendo hoy piezas imprescindibles en la historia de la literatura.

También es conocida su trayectoria personal y su triste final. Casado con Constance Lloyd, una adinerada mujer irlandesa, fue padre de dos hijos. Pero el gran amor de Oscar fue el joven Lord Alfred Douglas. Un romance escandaloso para la época, que le truncó la vida. En un terrible y vergonzoso juicio público, Wilde fue condenado por indecencia y sodomía bajo la ley que condenaba la homosexualidad. El escritor fue encarcelado en la prisión de Reading y condenado a trabajos forzados durante dos años. Al salir, arruinado material, física y mentalmente, abandonado por amante, familia, amigos y admiradores, se instaló en París, donde murió en 1900.

La vitalidad, energía y pasión literaria desapareció en sus dos últimas y más íntimas obras: De profundis, dedicada al amante que nunca volvió a ver, y La balada de la cárcel de Reading, su última obra antes de morir repudiado y olvidado.

En este último y largo poema, desgarrado y desesperado, Wilde escribió esta estrofa

“No sé si las leyes son justas

O son injustas.

Quien yace en una cárcel únicamente sabe

Que sus muros son inexorables

Y cada día es como un año,

Un año de días largos. “

Es conmovedor ver hoy en la tumba de Wilde tantas muestras de amor y afecto. Las mismas que no encontró en los terribles últimos momentos de su vida. Quienes las depositan, no solo admiran la obra literaria de Wilde, sino que son muy conscientes de la tremenda injusticia que las leyes y la sociedad de la época cometieron con él.

Estremece ver este reconocimiento en su tumba. Y estremece también saber que hoy mismo, muchas otras personas siguen siendo condenadas en demasiados rincones del mundo a penas de cárcel -o incluso de muerte- por lo mismo por lo que lo fue Wilde. O que otras muchas, en sociedades no tan lejanas, simplemente están encerrados ni siquiera por hacer, sino por pensar o decir.

Hay delitos infames que merecen prisión, nadie lo duda. Pero en ocasiones, las leyes son propensas a encarcelar y anular a todo aquel que se sale de lo convencional, a todo aquel que con ideas y palabras, cuestione y ponga en duda los cimientos -a menudo defectuosos- sobre los que se ha edificado esa misma sociedad, encarcelando así no solo a seres humanos, sino a la que debería ser la sagrada libertad de expresión y pensamiento.

Me pregunto cuánto tiempo tiene que pasar para que una sociedad deje de ser horda, mire atrás y compruebe con pavor y bochorno que encarceló por motivos erróneos a sus conciudadanos en nombre de una mal entendida “justicia”. A los mismos que hacen que la civilización avance en conceptos y modos de relacionarse. Me pregunto cuándo esa misma sociedad evolucionará lo suficiente como para ser conscientes de que, ni la forma de vivir ni la forma de pensar de los que un día condenaron, fueron nunca delitos, sino únicamente la expresión última de cualquier ser humano: la libertar de ser quien eres.

Y me pregunto si en el futuro, las tumbas de esas personas, como la de Oscar Wilde, serán también lugares de peregrinaje, monumentos al desagravio en los que nuestros descendientes depositarán flores y besos en un intento de borrar tanta crueldad y tanta injusticia.

2 comentarios sobre “La tumba de Oscar Wilde

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  1. «Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la gente existe, eso es todo». A mi modo de ver, la gente que tuvo la valentía de vivir en tiempos convulsos, convierte su lápida en una medalla al valor. ¡Pongame otra pinta.Todo el mundo mirando a Dublín!

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